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Tecali

Tecali –situada a 32 km. de la ciudad de Puebla en México– fue originalmente una población fundada por grupos de origen tolteca, como lo fueron los totomihuaque y cuauhtinchantiacas, alrededor del siglo XII.   En un principio fue solamente una pequeña parte del centro religioso y político de Cuauhtinchan, situada a pocos kilómetros de distancia. La invasión de los pueblos chichimecas cambió profundamente la organización de los señoríos en la región. Como resultado de ello surgió la población de Tepeyacac (Tepeaca) de la que Tecali quedó como sujeto, ya que la antigua cabecera sucumbió.

Por esa época el pueblo de Tecali aparece con el nombre de Tecalco: “En el lugar de las piedras”. Aunque también parece significar que sus habitantes eran “tecaleque”, es decir, señores que tenían derecho a tener tierras en propiedad. Tecali, nombre usado posteriormente, deriva del náhuatl: tetl, piedra y calli, casa, es decir, “Casa de Piedra”.

Al arribar los conquistadores españoles, tocó al capitán Gonzalo de Sandoval conquistar y pacificar a la región. De acuerdo con la organización que la Corona española preparó para los pueblos conquistados, Tecali siguió sujeto a Tepeaca, tanto en lo político como en lo religioso. Afortunadamente para sus habitantes, quedó como pueblo de la Corona, es decir, sin admitir el reparto en encomiendas.

Pronto se aprovecharon las vetas de ónix –conocido internacionalmente como “el alabastro mexicano”– para las construcciones hispanas y también se introdujo la cría de ganado menor. La noticia más antigua del trabajo de un taller formal de artesanía de ónix data de 1640. Este era un taller familiar (como la mayoría hasta la fecha)  propiedad de Juan Blanco de Alcázar, quien talló en 1645 el escudo de armas en una laja de dicha piedra.

Del pasado de Tecali quedan en la actualidad, los restos maravillosos de la edificación que en 1554 iniciaron los franciscanos destinada como convento, la cual fue terminada en 1569; dos aljibes enormes (recolectores de agua pluvial en piedra), y un teatro, “corral de comedias”, del siglo XVIII.

Talavera

El emperador Carlos V confirmó la petición de los frailes franciscanos para que Puebla quedara bajo la protección de todos los ángeles. Quizá la materia más cercana a su inconsútil naturaleza fue la mayólica, que los representa bellos, llenos de lisura, brillantez y policromía. De ahí el título de la ciudad: “Puebla de los Ángeles de Talavera”.

Ciertamente esa exquisita cerámica fina no es poblana, ni siquiera talaverana de origen. Fue en la Ur de Caldea, en Babilonia, y la célebre Persépolis, donde primero se elaboró, decorándose palacios y templos con esas piezas de barro vidriado y policromado.

Muchos siglos después fueron los musulmanes quienes distribuyeron las técnicas por todas partes.

Puebla recibió múltiples estímulos reales y el resultado fue la instalación de numerosas industrias. Entre ellas no podía faltar la de los alfares, el antiguo “quehacer de Alá”, encaminado cristianamente a la mayor gloria de Dios. La Puebla, desde los mil quinientos cuarenta y tantos, tuvo sus alfares, que aprovechaban la magnífica arcilla del cerro de Loreto y los barros de Totimehuacan.

A las piezas de talavera poblana se les añadió el sabor propio de esa tierra y, a lo largo de los siglos, algunas aportaciones que mejoraron sus orígenes españoles.